Se acercaba la estación de la cosecha. El viento estaba empezando a arrancar las hojas de los árboles, cada día un poquito más. Y allá abajo en la orilla del río una mamá pata estaba empollando sus huevos, los había puesto en la primavera...
Para la pata todo marchaba según lo previsto hasta que, al final, uno a uno los huevos empezaron a estremecerse y a temblar, los cascarones se rompieron y los nuevos patitos salieron tambaleándose. Pero, quedaba todavía un huevo, un huevo muy grande, inmóvil como una piedra.
Pasó por allí una vieja pata y la mamá pata le mostró su nueva prole.
- ¿A qué son bonitos? - preguntó con orgullo.
- Sí, sí son hermosos- dijo
Pero la vieja pata se fijó en el huevo que no se había abierto y trató de disuadir a su amiga de que siguiera empollándolo.Ella lo sabía porque lo había intentado una vez y realmente un pavo no nada.
Pero la pata pensó que, puesto que ya se había pasado tanto rato empollando, no le molestaría hacerlo un poco más.
- Eso no es lo que más me preocupa -dijo- ¿Sabes que el muy bribón del padre de estos patitos no ha venido a verme ni una sola vez?.
Al final, el enorme huevo empezó a estremecerse y a vibrar, la cáscara se rompió y apareció una inmensa y desgarbada criatura. Tenía la piel surcada por unas tortuosas venas rojas y azules. Las patas eran de color morado claro y sus ojos eran de color rosa transparente.
La mamá pata ladeó la cabeza y estiró el cuello para examinarlo y no tuvo más remedio que reconocerlo: era decididamente feo.
A lo mejor es un pavo -pensó, preocupada. Sin embargo, cuando el patito feo entró en el agua con los demás polluelos de la nidada, la mamá pata vio que sabía nadar perfectamente…
- Sí, es uno de los míos, a pesar de este aspecto tan raro que tiene. Aunque bien mirado…me parece casi guapo.
Así pues lo presentó a las demás criaturas de la granja, pero, antes de que se pudiera dar cuenta, otro pato cruzó como una exhalación el patio y picoteó al patito feo directamente en el cuello.
- ¡Detente! - gritó la mamá pata.
Pero el matón replicó:
- Es tan feo y tan raro que necesita que lo intimiden un poco.
La reina de los patos con su cinta roja en la pata comentó:
- ¡Vaya otra nidada!. Como si no tuviéramos suficientes bocas que alimentar. Y aquel de allí tan grande y tan feo tiene que ser una equivocación.
- No es una equivocación -dijo mamá pata- Será muy fuerte. Lo que ocurre es que se ha pasado demasiado tiempo en el huevo y aún está un poco deformado. Pero todo se arreglará, ya lo verás -añadió, alisando las plumas del patito feo y lamiéndole los remolinos de plumas que le caían sobre la frente.
Sin embargo los demás hacían todo lo posible por hostigar de mil maneras al patito feo. Se le echaban encima volando, lo mordían, lo picoteaban, le silbaban y le gritaban. Conforme pasaba el tiempo, el tormento era cada vez peor. El patito se escondía, procuraba esquivarlos, zigzagueaba de derecha a izquierda, pero no podía escapar. Era la criatura más desdichada que jamás hubiera existido en este mundo, le acosaban constantemente por ser distinto.
Al principio, su madre lo defendía, pero después hasta ella se cansó y exclamó exasperada:
- ¡Ojalá te fueras de aquí!.
Entonces el patito feo se fue, huyó.
Con casi todas las plumas alborotadas y un aspecto extremadamente lastimoso, el patito feo, corrió sin parar hasta que llegó a una marisma. Allí se tendió al borde del agua con el cuello estirado, bebiendo agua de vez en cuando.
Dos gansos lo observaban desde los cañaverales.
- Oye, tú, feúcho -le dijeron en tono de burla- ¿quieres venir con nosotros al siguiente condado? Allí hay un montón de ocas que igual te adoptan.
De repente se oyeron unos disparos, los gansos cayeron y el agua de la marisma se tiñó de rojo con su sangre. El patito feo se sumergió mientras a su alrededor sonaban los disparos, se oían los ladridos de los perros y el aire se llenaba de humo.
Al final, la marisma quedó en silencio y el patito corrió y se fue volando lo más lejos que pudo.
Al anochecer llegó a una pobre choza; la puerta colgaba de un hilo y había más grietas que paredes. Allí vivía una vieja andrajosa con su gato despeinado y su gallina bizca. El gato se ganaba el sustento cazando ratones. Y la gallina se lo ganaba poniendo huevos.
- ¿Qué animal eres?
- Soy un pato
La vieja se alegró de haber encontrado un pato. A lo mejor, pondrá huevos, pensó, y, si no los pone, podremos matarlo y comérnoslo. El pato se quedó allí, donde constantemente lo atormentaban el gato y la gallina, los cuales le preguntaban:
- ¿De qué sirves si no puedes poner huevos y no sabes cazar?
- A mí lo que más me gusta es estar debajo - dijo el patito, lanzando un suspiro- , debajo del vasto cielo azul o debajo de la fría agua azul.
El gato no comprendía qué sentido tenía permanecer debajo del agua y criticaba al patito por sus estúpidos sueños. La gallina tampoco comprendía qué sentido tenía mojarse las plumas y también se burlaba del patito. Al final, el patito se convenció de que allí no podía gozar de paz y se fue camino abajo para ver si allí había algo mejor.
El patito llegó a un estanque y, mientras nadaba, notó que el agua estaba cada vez más fría. Una bandada de criaturas volaba por encima de su cabeza; eran las más hermosas que él jamás hubiera visto. Desde arriba le gritaban y el hecho de oír sus gritos hizo que el corazón le saltara de gozo y se le partiera de pena al mismo tiempo. Les contestó con un grito que jamás había emitido anteriormente. En su vida había visto unas criaturas más bellas y nunca se había sentido más desvalido.
Dio vueltas y más vueltas en el agua para contemplarlas hasta que ellas se alejaron volando y se perdieron de vista. Entonces descendió al fondo del lago y allí se quedó acurrucado, temblando. Estaba desesperado, pues no acertaba a comprender el ardiente amor que sentía por aquellos grandes pájaros blancos.
Se levantó un viento frío que sopló durante varios días y la nieve cayó sobre la escarcha…
Allá abajo en el estanque el patito feo tenía que nadar en círculos cada vez más rápidos para conservar su sitio en el hielo.
Una mañana el patito se encontró congelado en el hielo y fue entonces cuando comprendió que se iba a morir. Dos ánades reales descendieron volando y resbalaron sobre el hielo. Una vez allí estudiaron al patito.
-Cuidado que eres feo -le graznaron- Es una pena. No se puede hacer nada por los que son como tú.
Y se alejaron volando...
Por suerte pasó un granjero y liberó al patito rompiendo el hielo con su bastón. Tomó en brazos al patito, se lo colocó bajo la chaqueta y se fue a casa con él. En la casa del granjero los niños alargaron las manos hacia el patito, pero éste tenía miedo. Voló hacia las vigas y todo el polvo allí acumulado cayó sobre la mantequilla. Desde allí se sumergió directamente en la jarra de la leche y, cuando salió todo mojado y aturdido, cayó en el tonel de harina. La esposa del granjero lo persiguió con la escoba mientras los niños se partían de risa.
El patito salió a través de la gatera y, una vez en el exterior, se tendió medio muerto sobre la nieve. Desde allí siguió adelante con gran esfuerzo hasta que llegó a otro estanque y otra casa, otro estanque y otra casa, y se pasó todo el invierno de esta manera, alternando entre la vida y la muerte.
Así pasó el tiempo y volvió el suave soplo de la primavera. Y en un cercano estanque el agua empezó a calentarse y el patito feo que flotaba en ellas extendió las alas.
Qué grandes y fuertes eran sus alas. Lo levantaron muy alto por encima de la tierra. Desde el aire vio los huertos cubiertos por sus blancos mantos, a los granjeros arando y toda suerte de criaturas, empollando, avanzando a trompicones, zumbando y nadando. Vio también en el estanque tres cisnes, las mismas hermosas criaturas que había visto el otoño anterior, las que le habían robado el corazón, y sintió el deseo de reunirse con ellas.
¿Y si fingen apreciarme y, cuando me acerco a ellas, se alejan volando entre risas?, pensó el patito. Pero bajó planeando y se posó en el estanque mientras el corazón le martilleaba con fuerza en el pecho.
En cuanto lo vieron, los cisnes se acercaron nadando hacia él. No cabe duda de que estoy a punto de alcanzar mi propósito, pensó el patito, pero, si me tienen que matar, prefiero que lo hagan estas hermosas criaturas y no los cazadores, las mujeres de los granjeros o los largos inviernos. E inclinó la cabeza para esperar los golpes.
Pero ¡oh prodigio! En el espejo del agua vio reflejado un cisne en todo su esplendor: plumaje blanco como la nieve, ojos negros como las endrinas y todo lo demás. Al principio, el patito feo no se reconoció, pues su aspecto era el mismo que el de aquellas preciosas criaturas que tanto había admirado de lejos.
Y resultó que era una de ellas!
¡Claro!,¡ lo que ocurrió es que su huevo había rodado accidentalmente hacia el nido de una familia de patos!
¡No era en realidad un pato! ¡Era un cisne, un espléndido cisne!
Y, por primera vez, los de su clase se acercaron a él y lo acariciaron suave y amorosamente con las puntas de sus alas. Le atusaron las plumas con sus picos y nadaron repetidamente a su alrededor en señal de saludo.
Y los niños que se acercaron para arrojar migas de pan a los cisnes exclamaron:
- ¡Hay uno nuevo!.
…Y…con la primavera…y allá abajo junto a la orilla del río otra mamá pata empezó a empollar los huevos de su nido.
FIN



Fermosa versión. Debuxos moi tenros.Que bonito!
ResponderEliminarPapá acabe de lerme o conto. Gustoume, ponnos máis por favor. Andrea
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